martes, 3 de mayo de 2016

Emergencia e improvisación

emergencia: suceso o accidente imprevisto
improvisación: acción repentina sin ninguna preparación previa 


Toda nuestra historia como país, es una historia de emergencias. Una secuencia casi continua de acontecimientos imprevistos e imprevisibles, de incidencias y eventualidades, separadas por cortos períodos de tregua, por breves trechos estáticos. Nuestros historiadores, que se sepa, no han visto el material de sus estudios bajo el perfil de la emergencia. Seria interesante y útil hacerlo. Podría arrojar una inteligencia distinta de las causas y las consecuencias de los acontecimientos de la historia atormentada de este país. 

Desde las súbitas defensas de los indígenas y los asaltos inesperados de los piratas, las guerras, las revoluciones y los “golpes”, hasta la aparición milagrosa del petróleo o las desgracias de los terremotos, los deslaves y las sequías, todo es una emergencia, sucesos imprevistos. En cierta manera eso podría tener cierta explicación. Nuestra tierra americana, durante muchos siglos ha sido parte de ese inmenso desconocido que es la realidad física. Hic sunt leones, aquí lo que hay, son leones, decían los mapas. Leones, fieras, esto es, hechos desconocidos, acontecimientos imprevistos, milagrosos, monstruosos, siempre excepcionales. Y el suceso, como no, es siempre repentino, imprevisto. 

Para las emergencias, la humanidad, donde ha tenido tiempo y condiciones, ha desarrollado sistemas, muchos sistemas, para enfrentar las emergencias. Desde la suspensión de derechos y garantías hasta primeros auxilios y la Cruz Roja, la sociedades y los Estados han estructurado fórmulas previsivas que permiten enfrentar a los desastres o los acontecimientos improvisos. Y ello implica, por supuesto, no sólo sensatez y prudencia, sino, sobre todo, pronóstico, anticipación, previsión, programación, planificación, etc. 

Pero resulta que nuestra emergencia, nacional y permanente, es una emergencia que deriva del inestable y peligroso equilibrio entre opulencia y pobreza, de nuestra intrínseca debilidad derivada del descontrol social, de la injusticia orgánica que nos acompaña desde la invasión del imperio español. Es decir y sintetizando: somos un país que ha estado siempre, por re o por fa, en emergencia social o natural. Y frente a esta situación, que es casi “normal”, deberíamos haber desarrollado un sistema adecuado de previsión y de alerta. Pero como nunca hemos sabido o podido construir un Estado que funcione realmente, lo que hemos hecho es desarrollar una habilidad extraordinaria para la improvisación. Hemos encontrado que la improvisación es el método impecable para encarar sequías y deslaves, para resolver el problemas del tráfico y de las comunicaciones, del desabastecimiento o de la crisis energética. Tan fuerte y sólida es nuestra confianza en el método colectivo de la improvisación que hemos llegado a considerar un atributo positivo a lo que se llama “ocurrencia”. Hemos escuchado a importantes y destacados líderes nacionales decir por televisión que se ”les ha ocurrido” tomar esta o cual medida. Con ello se cambia un ministro o se decide la ubicación de una nueva ciudad. La “ocurrencia”, como tal, es el mejor símbolo de la improvisación. Es el gran remedio a la falta institucional de métodos y hábitos de previsión. Ha pasado a ser un atributo innato de capacidad para resolver situaciones complicadas e inéditas: total, casi una gloria, un orgullo nacional, un talento étnico. Pero, como decíamos, no se puede negar que hay cierta lógica en el asunto: si no hay ni previsión ni prevención, sin estructuras institucionales y conocimientos firmes , lo que ayuda, socorre y resuelve es la improvisación. Y eso, tal vez, también pudiera explicar el apuro (eso tiene que estar para ayer…) con el cual todo debe realizarse, tareas grandes y pequeñas. Una emergencia que dura siglos, evidentemente no puede esperar. 

Y ésta ha sido nuestra historia. Una historia de improvisaciones, hasta ahora y hasta aquí. Con ese material, y con el perdón de Neruda, hemos construido nuestra residencia en la tierra. 

Así somos (como sociedad). Reconocerlo estimula el cambio.

jueves, 14 de abril de 2016

Construir el país y la ley de la jungla

Wilfredo Lam, La Jungla, 1943
  
Lo que son hoy Gran Bretaña, Alemania, Italia, se unificaron como naciones tras un largo batallar de ideas y de ruido de armas. Fue un largo camino incendiado por las llamas de guerras enconadas y de enfrentamientos programáticos tan hondos como las diferencias de los hábitos y culturas locales. Y por supuesto Estados Unidos. Primero asumiendo las libertades que permitían a los emigrantes europeos salir del Medio Evo, en seguida borrando del mapa las poblaciones autóctonas ocupando todo el Far West, y por fin incorporando la producción agrícola del sur, abolida la esclavitud, al desarrollo industrial y comercial del norte. 

Pero en todos estos casos, los de más bulto en la historia mundial, hubo siempre, en varios momentos de su devenir, un proyecto cada vez más común que les permitió llegar a la unificación bajo unas ideas y unos propósitos comunes.

Un proyecto de país. 

Algo parecido ocurrió en América Latina y en especial con Venezuela. Con Bolívar, Páez, Guzmán Blanco, Gómez, Pérez Jiménez y Chávez, sus figuras se enmarcan siempre en un proyecto de país que más o menos explícitamente remite a una meta nacional, a un destino colectivo que intenta tener carácter propio. Las diferencias históricas que nos separan y a la vez nos unen, contradictoriamente, con los grandes países industrializados, ya asentados en una unidad que es también identidad y normalidad, no deben hacernos olvidar esta poderosa urgencia que en cambio constriñe todos nuestros actos de venezolanos -seamos multitud de chiquitos y anónimos o puñados de grandes y famosos- a embarcarnos en una permanente gigantesca tarea, voluntaria o no, la de construir el país. Desde el comienzo, estamos siempre construyendo el país. Y seguimos en eso. Es por ello que no puede pasar debajo de la mesa la necesidad de preguntarnos ¿pero, cuál país? 

¿Cuál país queremos construir? ¿Que responda a cuáles intereses? ¿A los intereses de quién? 

Pues es por tales razones que hay que ser más explícitos al reafirmar que la idea de un proyecto de país, cualquiera que este sea, de derecha, de izquierda o de centro, no puede realizarse sin la construcción paralela de un Estado. Todo proyecto de país implica un Estado, que linda (inevitablemente en la etapa actual de la civilización) con el concepto de autoridad. Pero éste no puede estar representado en la simple figura formal de una constitución o de un conjunto de leyes. Sino con la estructura funcional de una super-autoridad que realmente cumpla y sepa cumplir con lo que dictan sus leyes. Al así plantearlo se desnuda inmediatamente la gran carencia: la absoluta carencia de ESTADO que hemos padecido desde el mismo momento en que los primeros españoles pisaron las arenas de nuestras playas. Hay que reconocerlo: nunca hemos sabido –o podido- montar una estructura colectiva que realmente llegase a funcionar como un Estado. Las consecuencias, hoy, no se manifiestan sola e increíblemente en la imposibilidad de que los autobuses tengan horario y líneas fijas, sino en la situación social actual del espantoso desborde del hampa, cualquiera que ella sea, organizada, política, o simplemente hija de la rapacidad y de la avidez individual; en la imposibilidad de poner bajo control a los peligrosos caprichos circenses de los motorizados; en los linchamientos de los posibles ladrones de carteras con o sin hoguera terminal; en la burocracia indiferente que te manda a interpelar al bigotudo; en la corrupción universal y en la igualmente universal impunidad. Todas cosas terribles que inciden y han incidido en el comportamiento del ciudadano, hasta del más concienzudo y de buena voluntad. Porque la ausencia de Estado promulga automáticamente la Ley de la Selva. Cada quien se valga por sí mismo, cada quien se defienda como pueda, todos contra todos, las amistades, los equipos y las complicidades se hacen y se deshacen de acuerdo al peso de las circunstancias y de las ambiciones, pero siempre los individuos luchan solos contra todos... En Venezuela toda la existencia, toda la compleja madeja de las relaciones humanas, carece de guías seguras, de referencias firmes y claras en la estructura funcional del Estado. Una nebulosa de opciones y posibilidades es la que se le ofrece al ciudadano desarmado de poder. Y si lo tiene, mucho o poco, más se aprovechará de las argucias legales, más se refugiará en la viveza criolla. 

La ley de la jungla es una realidad dura, teñida a veces por la palabra hipócrita, disfrazada a veces en el cumplimiento superficial o formalista, pero siempre realidad diaria que choca con nuestras tentativas de tratar a uno mismo y a los demás, no como objetos sino como seres humanos que viven en un colectivo. Y lo más grave es que ella se vuelve hábito y costumbre, nueva normalidad de la cual es preciso aprenderse sus oscuras normas tácitas y las rutas más seguras para sortear el peligro. La normalidad de la ley de la jungla borra, poco a poco, la otra normalidad de “antes”, la antigua normalidad de la decencia. Cuando la virtud era respetada, y ser decentes -en el sentido de la ética, de la honestidad y de la serena dignidad de la persona- era ser normales. Una época, lejana y poco definida, tal vez más deseada que real, al amparo del dicho que todo pasado ha sido mejor, en la cual, sin embargo, siempre más valía la “common decency” como ideal de vida, individual y colectiva. Una decencia unida inextricablemente a una reserva de valores, difusos pero inequívocos, que ahora parecen imposibles de recuperar. Y con sobradas razones de pesimismo, pues para esos valores es relativamente fácil su erosión y pérdida, pero hacen falta largas generaciones de educación y estabilidad para regresarlos y reintegrarlos a la vida pacífica de la normalidad social. 

Así, pues, los hechos son contundentes: la ley de la jungla siempre prevalece, hasta en un aspecto que nos toca muy de cerca: la (des)organización de la ciudad. Quien más puede, más hace. Los demás que se las arreglen. Para reincidentes, la vía misteriosa y disimulada de la corrupción es solución recomendada. En la realidad urbana, allí también rige la ley de la jungla, la de la jungla urbana. Las dos ciudades, la de los ricos y la de los pobres, son resultado del mismo Estado (ausente y deficitario) que en su impotencia no puede sino reconocerlas como un hecho. 

Y una breve reflexión con el asunto de la ciudad: con la mayoría de la población mundial cada vez más urbana, siendo ya inevitablemente urbanos, uno de nuestros derechos humanos es ahora el de vivir en una ciudad pacífica y decente, campo de paz donde sea normal el placer de la vida –que para eso se inventó la ciudad- hasta la frecuencia y la simpatía de los recuerdos, no sólo como nostalgia melancólica de la añoranza, sino como esperanzas de futuro. El derecho a la ciudad es ya hoy una normalidad universal. Derecho a la ciudad que no sea lugar de angustias y temores, que no sea la casa de los terrores y de las desgracias, sino el lugar común del placer del trabajo y del ocio, de la educación y del viejo, antiguo “progreso”, ahora ecológico y científico. Ello es parte de nuestros derechos, de esos derechos humanos que nacieron con el iluminismo. Si la condición urbana va a ser, como parece, nuestra condición definitiva, entonces se impone la exigencia y el requerimiento al derecho humano de la ciudad, Ciudad de Dios o Ciudad del Sol, según los gustos y las culturas, pero finalmente ciudad total y gloriosamente urbana, con perdón de lo reiterativo. 

Conclusión: no se puede construir un país bajo el imperio de la ley de la selva. Y no puede haber civilización (construcción del país) sin un proyecto de país. No se trata tan sólo de más y mejor democracia. Para nosotros, debe tratarse también de más y mejor Estado. Y, volviendo al comienzo, algo más triste, no podrá haber proyecto de país, sin un Estado verdadero que se respete. Como en la famosa y oportuna metáfora, una culebra que se muerde la cola.

martes, 5 de abril de 2016

Zaha Hadid, nos va a hacer falta, en serio


Centro Cultural Heydar Aliyev, en Bakú, Azerbaiyán, 2012

La muerte de una persona tiende a crear alrededor de lo que ella fue en vida, y de su recuerdo, una suerte de burbuja protectora. Ya no parece correcto tratarla como cuando estaba viva, con los juicios y los adjetivos que provoca y que arrastra consigo cada recorrido personal, como es natural y eterno, en la compleja y conflictiva realidad de los actos humanos. Se impone entonces la alabanza y el soslayar de las críticas o, inclusive, el callar los posibles errores y defectos. A menos de que se trate de un personaje francamente odioso y perverso como, por ejemplo un Hitler, en cuyo caso son libres las acusaciones más feroces, se impone una amabilidad condescendiente, casi de perdón, un esfuerzo de ver sólo lo positivo, disfrazado de comprensión cuidadosa. Y probablemente, en una escala antropológica, debe ser éste un comportamiento acertado, desde el punto de vista de las relaciones sociales con intenciones de ir hacia una progresiva superación del fanatismo.

Pero tal conducta, frente a la muerte de personajes que han hecho historia, también acarrea inconvenientes, pues no ayuda a entender la realidad y enreda con ramajes mitológicos acontecimientos que deberían ser expuestos con franqueza objetiva. 

Esto mismo está ocurriendo en el caso de la muerte, recientemente ocurrida, de la famosa arquitecta árabe iraquí, culturalmente naturalizada británica, Zaha Hadid. 

Se acabaron las controversias y las opiniones adversas que eran el pan de todos los días en la crítica arquitectónica mundial, y ahora todo es alabanza hasta el elogio del genio. 

Así que, desde el pequeño punto de referencia dialógica que pretende ser este blog, conviene intentar abrir, aunque sea esquemática, sintética y provisionalmente, un análisis de su obra.

Zaha Hadid, desde su origen árabe y culturalmente marginal por las condiciones políticas impuestas a su país, llegó a convertirse en fenómeno mediático y en una anomalía arquitectónica espectacular. De por sí, nada más este recorrido, de la nada a la fama, de los dibujos para galerías de artistas de vanguardia a construir obras gigantescas y costosísimas, con todo el apoyo de los protagonistas del poder -desde los grandes bancos a la burocracia política y hasta a los dictadores en pos de publicidad- ella, mujer, en un mundo tradicionalmente machista, nada más esto, es ya un episodio excepcional en la historia (machista) de la gran arquitectura mundial. 

Dicho esto -y reconociendo así un talento extraordinario para gerenciar sus opciones, a punta de firmeza de carácter y de tenacidad- es necesario centrar la atención en lo esencial de los aportes de sus obras. Y éstos se resumen en lo más visible: su indiscutible capacidad de inventar una extraordinaria nueva estética arquitectónica, en el estricto sentido de haberse sabido colocar, desde el comienzo, fuera de lo corriente y lo rutinario en las manifestaciones formales de la profesión. Para Le Corbusier (asumámoslo por un momento como máximo representante de la estética arquitectónica moderna) el sentido de la forma coincidía con el uso de una geometría y un sistema de proporciones rigurosa y matemáticamente correspondientes a lo que expresó, con lujo poético, en su “Poéme de l´angle droit”. Recordémoslo:

 “Categórico ángulo recto del carácter, del espíritu, del corazón. Me he mirado en ese carácter y me he encontrado”

Ese carácter es toda una estética formal guiada por una mitología matemática que excluía cualquier manipulación artificial sin apoyo y consecuencias en un sobrio y sensato manejo de la práctica constructiva. Su concepción de la arquitectura como “el juego de los volúmenes bajo el sol” en realidad no es un juego irresponsable, sino, todo lo contrario, el gobierno de la forma con un sentido terriblemente digno y respetuoso de lo que significa actuar en el mundo. 

Para Zaha, es todo lo opuesto. Y no se trata propiamente de su carácter personal, ampuloso, arrogante y opresivo, que en eso podría ser comparado con el del maestro suizo-francés. Se trata de que para ella la forma arquitectónica es un envoltorio de curvas sinuosas, frívolas y caprichosas, tan obsesivas en sus excesos hasta el punto de que algunos de sus admiradores (Rowan Moore, por ejemplo) llamaban a su autora “la reina de las curvas”, refiriéndose por supuesto a sus diseños y no a sus curvas personales que estuvieron siempre, en las presentaciones públicas, ocultas tras unos muy oportunos y admirables aderezos de telas opulentas, también diseñados por ella. 

Las curvas pues, su mundo de formas, que intentaban negar la supuesta estolidez de la geometría elemental -tan típica de la arquitectura moderna, racionalista e internacional- han sido su triunfo y a la vez su condena. Porque construir lo que uno se imagine alocadamente, como papeles arrugados (Frank Gehry) o como en sus obras, melcocha estirada alrededor de centros de actividad, evidentemente cuesta más (pero muchísimo más) que el ángulo recto de Corbusier. El que haya logrado que se calcularan y se construyeran estructuras “imposibles”, con presupuestos desbordando varias veces el costo previsto inicialmente, es un misterio que únicamente puede explicar la dinámica igualmente excepcional de la economía financiera y de la política globalizadas. Zaha Hadid inventaba un objeto arquitectónico, abstracto, más una hipótesis que una obra. Alguien, luego, resolvería cómo construirlo. El íntimo nexo tradicional entre imaginación y métodos y técnicas constructivas, que hace de la arquitectura el arte más concreto y material, se rompe. No importa cómo y con qué se construye. Tampoco importa, para mayor sorpresa, cuánto cuesta. Los costos no parecen interesar a los ricos del mundo industrializado o a los chinos que van por ahí, en la misma senda. Es legítimo pensar que la obra de Zaha Hadid, dramáticamente interrumpida, representa todo lo contrario de lo que pregonaban los principios fundamentales de la arquitectura moderna del siglo XX, racionalidad, funcionalidad, coherencia constructiva, respeto por el entorno urbano, sensatez y búsqueda de armonía a escala humana. 

Espacios y volúmenes fantásticos a un costo fantástico: en resumen ahí está su novedad, es lo esencial. Por supuesto, sería de tontos negar la coherencia formal y hasta la elegancia de los volúmenes que ha diseñado Zaha. Como también sería tonto negarse a reconocer la increíble audacia con que se ha lanzado a participar y a ganar en concursos internacionales en medio mundo. Ni es posible no reconocer que sus curvas sin fin y sus líneas rectas y quebradas (que a veces también las hay) constituyen notoria razón de asombro y de auténtica sorpresa. Si se busca eso, maravilla, deslumbramiento y estupor, en todas las obras de esta arquitecta se hallarán centenares de episodios que merecen el desconcierto y la fascinación. Reconocerlo es un acto de objetividad. Pero, a la vez, es importante señalar sus contradicciones. Que con sus disparates que bordean el abismo de lo ilógico, con sus curvas arbitrarias, una vez ya construidas y haciendo parte de una potente realidad mediática y profesional, ha puesto punto final a tabúes tradicionales en la arquitectura moderna. Con sus formas totalmente irracionales, arbitrariamente decorativas en el peor sentido, o, en todo caso, separadas de una seria lógica constructiva material, también ha abierto, tal vez más que en el caso de sus colegas del calibre de Frank Gehry, el dilema de cómo llenar la brecha creciente entre la arquitectura posible en el primer mundo, en el mundo de la riqueza, la opulencia y el derroche, y la que tiene sentido en el mundo de la periferia, como el nuestro, con sus penurias, su pobreza, su vida elemental y sus cargas primitivas. Pero no sólo, entendámonos, con la periferia de la modernidad, que el asunto es también con el centro, con Berlín, con Paris, con Londres, que la economía, la discriminación y las penurias culturales son parte de sus grandes conflictos internos. El clásico desinterés de Zaha Hadid (no son mi problema), hacia la vida de los trabajadores, por los accidentes mortales que afectan a la multitud de los esclavos anónimos que construyen, en los países árabes, sus edificios, es parte también de su mismo desinterés hacia lo que no se presta a la conmoción, a lo excepcional, a lo increíble, a lo desmesurado. 

Es aquí, frente a la doble cara de este dilema, cuando lo absurdo y frívolo de la arquitectura de Zaha Hadid, estalla, como fruta madura, y muestra su negación de todo lo más sano que la historia de la arquitectura ha depositado en las ciudades del mundo. La oposición radical entre el hábito de las formas geométricas que nacen de la funcionalidad y del uso racional de los sistemas constructivos, (p.ej. Le Corbusier, Aalto, Murcutt) y la aplicación indiscriminada y extravagante de la fantasía individual, como en el caso de esta excepcional arquitecta árabe-británica, no es exclusivamente una oposición formal, una cuestión de estética (que sí lo es, naturalmente, ya lo vimos). Es también, y sobre todo, una oposición entre el deber ser de una arquitectura responsable, comprometida en la construcción de un mundo hermoso, sano y sensible, en las peores condiciones imaginables, (que son las típicas de la enorme mayoría de la población del planeta) y la arquitectura irresponsable, que a partir de la exaltación de los egos personales, disfruta de los espacios para los juegos que le permiten el poder. 

Así que, resumiendo, si Zaha Hadid es el símbolo del rescate del papel de la mujer, una etapa más en el incompleto proceso de emancipación femenina del machismo cultural, gloria a Zaha. 

Si Zaha Hadid es el símbolo de la irreverencia hacia lo “normal”, un símbolo de la liberación de la imaginación, manifestación concreta y contemporánea de libertad de imaginación y de inventiva, bienvenida su memoria, especialmente en un mundo como el nuestro, atenazado por la indisciplina social, por el desconocimiento profesional y la mediocridad del poder. Pero si Zaha Hadid es el símbolo más actual de la irresponsabilidad social y cultural, el símbolo que fomenta la frivolidad del rebelde sin causa, y que aprovecha los resquicios del poder cual juglar de la corte del rey, entonces es recomendable, en un mundo como el nuestro, condicionado peligrosamente por la imitación, declararla como una “cause celébre” más, de la decadencia de Occidente, y dejarla de un lado, disponible para los historiadores de siglo XXI. 

Pero concluyamos -apoyándonos en la necesidad, acaso más personal que general, de un descanso en la polémica- con una consideración que es más una mueca que una contrariedad. 

Zaha Hadid nos va a hacer falta. Sin sus aberraciones voluntariosas, sin su estampa de mujer arrogante, sin el rastro de sus raíces árabes en los conflictos de un contexto tremendamente competitivo, el mundo de la arquitectura ha perdido un punto de referencia apasionante.

 Galaxy Soho Beijing, China, 2012

viernes, 1 de abril de 2016

martes, 15 de marzo de 2016

¿Somos así? Somos así.

Hace falta trabajar políticamente sobre una concepción antropológica de nuestros problemas. Hace falta una política antropológica. 
Abel Sánchez Peláez, Conducta social del venezolano 

Gran revuelo (o así parece) por una supuesta grabación de una conversación del presidente de VTV[1] En ella el funcionario se expresa como lo haría un perfecto malandro de barrio (aunque sabemos que también las muchachas y muchachos universitarios manejan corrientemente un lenguaje igual de distorsionado). Escuchar al presidente de una importante agencia del Estado, dedicada precisamente a varias formas de comunicación pública, -y que debe, por lo tanto, mantener una especial vigilancia sobre la propiedad del lenguaje, como tarea imprescindible de educación y de pedagogía pública- usando un torrente de groserías e improperios, para hacer explícita su irritación e impactantes sus desacuerdos, suscita por lo menos una necesaria reflexión.

Consideremos la extrema vulgaridad y ordinariez del lenguaje. Es verdad que el presidente del canal no estaba transmitiendo para los tele-espectadores, sino que aparentemente estaba en una "conversa" particular y privada (y además, los "machos criollos" nunca se han destacado por el uso de un verbo pulido y circunspecto). Evidentemente el presidente no es una excepción. Pero llama la atención que las expresiones más intensas, por así decirlo, están dirigidas a importantes autoridades nacionales y a importantes sectores de la sociedad que tienen un enorme peso en la escena política del país, y que, supuestamente, en un sistema jerárquico normal, deberían merecer más respeto. ¿Un exabrupto circunstancial? No, en realidad, como decíamos, es así que se habla. En Venezuela, así es que ahora todos hablan. La sociedad venezolana, en todas sus capas, aunque sea con mayor o menor continuidad, así ha llegado a expresarse, hasta llegar a usar este "nuevo" idioma, de grosera carpintería, como una herramienta normal de comunicación. Entiéndase que no se trata de reprochar la vulgaridad por ser un problema de ética, ni tampoco de estética. Al fin y al cabo una buena grosería, en lo cotidiano y en el momento adecuado, es irremplazable en su efectividad. En España, por ejemplo, la que llamábamos la madre patria, las dos palabras que comienzan con una c y que definen dos importantes partes del cuerpo humano, se usan corrientemente y sin ningún escándalo, hasta en la televisión. Nosotros no. Jamás aparecerán en ella. Nuestra hipocresía y nuestro extraño prurito de alcurnia o de clase, nos lo impiden. Uslar Pietri intervino, pero no fue para tanto. Así que no es asunto del peso de las palabras vulgares. En los hechos, no hay dudas, puede tratarse de una forma de comunicación rápida, potente y efectiva, pero, y esto es lo grave, reducida a un número cada vez más simple de combinaciones. Un debate es necesario, pero extremadamente complejo porque el uso del doble lenguaje o de los múltiples lenguajes –según las circunstancias, según quién habla y a quién se habla- es universal, (Ud, vos y tu, por ejemplo). Palabras y giros para diferentes ocasiones y situaciones, unas convenientes y recomendadas, otras mal vistas o prohibidas, son parte del habla de hombres y mujeres, adultos y niños en cualquier cultura. Pero hay que hacer énfasis en lo ya señalado: el punto débil es la fácil y creciente indigencia y devaluación del lenguaje hablado, no sólo su vulgaridad. 

El asunto es cómo el lenguaje (y el cerebro) se desangran al utilizar como comodines los mismos ripios, una y otra vez, repetidos y repetidos, rodando como piedras en torrente, buenos para todo, en una universalidad de mengua de significado. El intercambio de ideas se ha vuelto así una simpleza puntuada por interjecciones. Demostración de una paulatina reducción de la sofisticación del sentido y de un progresivo empobrecimiento de la articulación lingüística. Cosa que ya ha sido señalada por varios especialistas en numerosas ocasiones. Una amenaza y una señal preocupantes para la cultura en un régimen democrático. En un país como el nuestro que se destaca por muchas cualidades pero no, tradicionalmente, por el culto de la palabra traducida en ensayos literarios y en una buena trabazón de ideas, es una señal de notable mengua de capacidad de expresión y de capacidad de intercambio, justamente, de ideas. 
Pudiera quedar por analizar el contenido de la conversación y las razones de su encono, así como el asunto de la difusión de las grabaciones, ilegales, que se han convertido en un medio ilimitado de confrontación política global. Y esta es una tarea que es bueno que los analistas políticos también emprendan. 
No lo haremos aquí porque nuestro tema principal es siempre la arquitectura y la ciudad. Y no parezca un poco jalado por las greñas, airear aquí un episodio como éste. Este episodio infortunado es un indicio, uno más, de una situación mucho más amplia. Porque quienes encuentran dificultad para pensar y expresarse con abundancias de alternativas y riqueza de matices, también hallan dificultad para criticar y modelar el entorno. La arquitectura y la ciudad son entorno físico y exigen también una adecuada sofisticación en su apreciación y su uso. Decir, simplemente, me gusta o no me gusta, equivale a la reiteración de la ordinariez en la conversación. Probablemente el progresivo empobrecimiento de la calidad de vida y pérdida de belleza de nuestras ciudades tengan las mismas raíces en las causas del progresivo empobrecimiento del lenguaje.

Tal vez este incidente no tenga mucha trascendencia dentro del mundo complejo de la política nacional. Pero el manejo del lenguaje la tiene, y enorme, con relación a la conducta social del venezolano. Así que las toscas expresiones del presidente de VTV pueden servir de ejemplo de la rueda de peligros generalizados que acechan, en paralelo, al desarrollo intelectual de nuestro pueblo.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=AjYP-djYHk8.

martes, 8 de marzo de 2016

Hotel modernidad

Tomás Sanabria, Hotel Humboldt, Caracas,1955

¿Qué sabemos de África? ¿Qué sabemos de la modernidad africana? ¿De qué manera se ha asumido, en África, el insistente reto de llegar a la modernidad? ¿Acaso alguna semejanza con los parámetros de nuestra historia venezolana? 

Pues bien, un libro-ensayo reciente nos ofrece una interesantísima visión de lo que ha dejado, en el continente africano, el intento de alcanzar lo que en la civilización occidental, grosso modo, se ha definido como modernidad.

lunes, 29 de febrero de 2016

¿Una tipología nefasta?




La urbanización del mundo ha procedido, y procede, siguiendo dos grandes modalidades: el modelo de la gran concentración con gran densidad, y el de la reproducción de unidades familiares individuales, aisladas y con bajísima densidad, en relativamente grandes extensiones de territorio. En otros términos, extremos y contrapuestos: por un lado, las grandes urbes de hacinamiento de torres y rascacielos, y por el otro, la vivienda rural, generalmente asociada a la explotación agrícola. Por supuesto, por lo menos desde el siglo XVII en Occidente, la vivienda individual, “la casa”, ha sido desde hace siglos y en todas partes, como la tipología intermedia, por decirlo así, la que ha sido el lugar preferido de residencia de las clases medias y el tema preferido del diseño arquitectónico ligado a la imaginación y a la expresión “artística” individual. Bien concretada, por ejemplo, en la concepción original de las urbanizaciones caraqueñas.

martes, 23 de febrero de 2016

Dos grandes fallas y un gran desacierto


Moisei Ginzburg, vivienda colectiva, Moscú, 1928-32. Los apartamentos individuales de 53 m², disponen de una zona de equipamientos (a la Izquierda) con comedor y cocina comunal, área de deporte, kinder y biblioteca

Dos grandes fallas y un gran desacierto marcan y lesionan el formidable logro de haber sabido y haber podido producir un millón de viviendas de interés social, dentro del programa de la Gran Misión Vivienda Venezuela. Es éste -aquí se lo ha reiterado muchas veces- un indiscutible record nacional e internacional con el cual Venezuela y su “revolución” balancean y compensan, tal vez con creces, la suma de defectos y errores, entre los cuales pesan enormemente las calamidades de la burocracia, la corrupción y la ineficiencia. Dicho esto, es decir: reconocer objetivamente la realidad de un extraordinario salto cuantitativo en la historia de la vivienda popular en Venezuela, hay que estudiar críticamente sus fallas cualitativas. En la perspectiva programática, como política de Estado, de la construcción, en los próximos años, de dos millones más de viviendas, constituye un deber ciudadano pedir que se abra un compás para que se reflexione -sin que se detenga la inercia que conllevan instituciones y presupuestos- sobre el aparentemente simple requisito de cómo hacer mejor lo que se hecho hasta ahora y repotenciar la calidad en un ámbito cuantitativo reconocido.