martes, 9 de mayo de 2017

Construir ¿Y para quién?


La urbanización "2 de diciembre", hoy "23 de enero", ejemplo clásico de lo que fue el resultado de un proyecto de país.



La historia republicana de nuestro país parece sintetizarse en el permanente conflicto entre los grupos tradicionales de poder oligárquico, concentrados en apoderarse de los recursos del país, en ejercicio absoluto de su egoísmo individual y de clase[1], y segmentos y categorías de los sectores medios que han pretendido darle una mejor racionalidad al proceso productivo. Una batalla permanente entre quienes, gracias al poder político que manejan y ejercen, han exprimido para su beneficio la riqueza petrolera, y quienes, sin poner en duda la legitimidad del sistema, han tratado de darle un mínimo de lógica y racionalidad distributiva a la economía venezolana. Para sintetizar, las diferencias entre quien, como Malaussena, que le decía a Carlos Raúl Villanueva, “No te preocupe tanto, chico, que este no es sino un país de negros”, y quien, como Pérez Alfonso, que hablaba del petróleo “excremento del diablo”. En dos frases, es abismal todo el denso contenido ideológico que las contrapone. 

Dentro de este paisaje tiene y ha tenido un papel muy singular y determinante el estamento o estructura militar. Sin olvidar a los próceres militares independentistas, ni a un personaje tan peculiar como Juan Vicente Gómez, el grupo de militares, por ejemplo, que rodearon y acompañaron a Pérez-Jiménez, (que de la cadena Gómez-Medina-Delgado Chalbaud-Pérez-Jiménez-Chávez, es el que más se destaca por su claridad de composición hasta constituir un modelo clásico) con su “nuevo ideal nacional”, representan un capítulo de enorme importancia, de cuyos ideales e iniciativas prácticas, que llevó como emblema un proyecto de país, puede deducirse toda una secuencia de programas de trabajo político. 

En ellos el aspecto determinante es “construir”, el Verbo primordial de la acción típicamente humana. Construir es proyectar y realizar. Es fraguar físicamente políticas y programas. Es demostrar con hechos incontrovertibles. Es sellar recuerdos y formas de vida social. Muy bien lo sabia Rómulo Betancourt cuando se oponía a la “política del concreto armado” de Pérez Jiménez. Así, pues, construir el país es para que lo que produce y su población puedan circular, distribuirse, repartirse, reproducirse, con un mínimo de racionalidad. No hay que olvidar que el capitalismo, aún el más periférico, no se ahoga en su egoísmo hasta el punto de llegar a la estupidez de suicidarse en el agobio de la irracionalidad. Para que el mecanismo económico funcione es imprescindible que el volumen de pobres no sea excesivo (los pobres no compran). Es necesario que las autopistas permitan el movimiento de las personas y de las mercancías. Es indispensable que haya agua potable y luz, que las ciudades permitan las transacciones e inversiones inmobiliarias, y, sobre todo, que faciliten los espacios convenientes para comodidad de los ricos. Es así que aparecerán los Country Club, los aeropuertos, los hoteles de lujo y los cafés de Sabana Grande. Y también, por supuesto, las represas hidroeléctricas y la industria siderúrgica. Para Pérez-Jiménez construir es “sanear” y organizar todo el país. Se construye, más y mejor, para que el país funcione. 

Para ello había que establecer dos condiciones: una, un gobierno fuerte que sabe lo que hay que hacer (el proyecto de país) y que desde arriba, desde su situación de poder, define la ruta a seguir. Dos, un pueblo masificado al cual se le trata como lo que suponen que es, un conjunto indisciplinados de seres irresponsables e inmaduros al cual hay que conducir hacia el bien. Nada son tan definitivas y tajantes, en su retórica de dueños del poder y de la verdad, como las proclamas del régimen pérez-jimenista. El mecanismo político necesario era por lo tanto la dictadura. Una dictadura que hace de todo para lucir generosa e iluminada, pero que también es perversa e implacable cuando le hace falta. Los presos y las torturas de Guasina y el esplendor de la Ciudad Universitaria son los polos opuestos que caracterizan la situación. Por supuesto, las críticas y las dudas son innecesarias, son obstáculos y por lo tanto se eliminan. 

Pero dentro de esta dolorosa y complicada escenografía político-cultural, que tiene una lógica propia, resalta y se destaca el trazado ideológico fundamental, el del acercamiento a la modernidad. Irónicamente, la hipócrita metáfora del “nation building”, se trueca, para nosotros, en la acción física del construir infraestructura. En la construcción y reconstrucción del país, en sus ciudades, urbanizaciones, puertos, fabricas, autopistas, se concreta y simboliza el acto superior de hacer patria, de hacer nación. Y, esto es esencial, son sobre todo militares, con su proyecto de país, quienes deciden que hay que ponerle coto al descuadre “civil” improductivo y contraproducente, de la pobreza dominante y del caos administrativo, que contrastan con un territorio dotado de un potencial de enormes riquezas. 

De todo ello, que es una región de infinita disponibilidad para el análisis sociológico, se desprende esta peculiar condición bipolar: por un lado, la búsqueda de racionalidad social, (que puede ser progre o conservadora) como aparente prerrogativa del sector militar[2] -derivada, posiblemente, de la superioridad de los saberes individuales y colectivos, (es evidente que para manejar tanques, barcos y aviones modernos es indispensable tener una visión de conjunto y un mínimo o un máximo de conocimientos)- que contrasta con la búsqueda ciega, terca e irresponsable del beneficio exclusivamente personal de la “burguesía nacional”, y por el otro, el ejercicio del “construir” como eje y modalidad clave del “desarrollo”. 

Construir, por lo tanto, en un país como el nuestro, es la acción política por excelencia, la máxima expresión en su forma política y física de administrar los recursos públicos. Puede que algo parecido ocurra también en China o en Kazajstán, pero no así en el viejo Occidente, donde se ha privilegiado sobre todo la acción política e ideológica de organizar socialmente, de legislar y administrar. Se deriva de todo ello que los arquitectos y todos los técnicos del construir, los que mejor deben saber como hacerlo, también deberían tener un papel fundamental y más decisorio en los programas políticos, (lo cual implica un nivel muy alto de su sentido de responsabilidad). Y el Estado debería poner un gran cuidado en emplear a fondo sus conocimientos y en aprovecharlos en gran escala. 

¿Ocurre realmente así? 

Construir. ¿Y para quién? Ésta sigue siendo una reflexión urgente.

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[1] Es bueno acudir a ese libro excepcional de Domingo Alberto Rangel, La Oligarquía del Dinero, en el cual se sintetizan los mecanismos de poder y de apropiación de la riqueza pública que han caracterizado a la Venezuela moderna.

[2] Esto contrasta con la visión tradicional del militar “bruto”, coherente con nuestra larga  historia de montoneras y caudillos rurales. Pero es que el mundo ha evolucionado y el nuestro también. Un piloto de F16 no responde al mismo patrón del militar tradicional tercermundista.

lunes, 24 de abril de 2017

Nuestro pedazo de la torta de la modernidad


 Los Constructores, Fernand Léger, 1950


Desde hace décadas se sostiene que la modernidad, objetivo último del progreso, hay que revisarla a fondo. Cerca de nosotros, Enrique Dussel, por ejemplo, lo ha planteado de una manera exhaustiva. Es preciso regresarla a esa simple pero fundamental consigna originaria de Liberté, Egalité, Fraternité. Pero también, y tal vez lo más importante y decisivo, despojarla de ese afán destructivo tan característico del progreso mercantil con el correlato tecnológico que siempre lo acompaña y del terrible expansionismo colonizador en que se apoyó. Una modernidad serena para completar la gigantesca tarea que la humanidad occidental emprendió hace por lo menos tres siglos. Es lo que afirma tajantemente, por ejemplo, la voz tan acreditada de Habermas. Nos toca, como humanidad, refundar el concepto de progreso. Acabar la tarea, con cuidado, sin destruir el planeta. Así pues, refundar, corregir e impedir los errores, nos permitirá vislumbrar un futuro de modernidad auténtica. Es difícil decir, hoy, si realmente se podrá aplicar esta receta, simple en lo nominal, pero complejísima en la realidad social. 

Completar la modernidad. ¿Demasiado pedir? ¿Aspiraciones teóricas? ¿Ilusiones?¿Utopías? Así pudiera parecer si se atiende a la espantosa absurdidad que nos agrede, todos los días, en la realidad de los noticieros mundiales. Sin embargo, y por la misma razón de la enormidad del desastre, se torna un requerimiento cada vez más urgente volver al tema central de la modernidad. 

Y por cierto, es pertinente, en un análisis de este tipo y de este tema, preguntarnos hasta qué punto nosotros, en nuestra fementida tropicalidad, hemos alcanzado la modernidad. ¿La hemos alcanzado de verdad? ¿Y cuándo? ¿En qué momento histórico nos hemos acercado más a este objetivo? 

Analizando el pasado, lejano y cercano, da la impresión que únicamente en cuatro tentativas se ha planteado con suficiente claridad un programa, un proyecto político que involucrase el terminar de alcanzar la modernidad. La de Guzmán Blanco, la de Pérez-Jiménez, la de Rómulo Betancourt y la reciente, la de Hugo Chávez, ya ésta prácticamente sobrevenida por toda clase de errores y dificultades. Curiosamente, todas tienen en común haber generado una fuerte oposición, por haber tocado, desde ópticas políticas distintas (pero no tanto tampoco), nervios e intereses particularmente delicados y sensibles, o por haber usado metodologías políticas controversiales. Obstáculo principal, la pobreza. La modernidad -el ser modernos- por definición, implica totalidad: no es posible pensar, por ejemplo, que Dinamarca pudiera ser el país desarrollado que es, esto es, moderno, si tuviese un 25 o hasta sólo un 15 % de pobreza. Es por ello que en la praxis social de nuestro país (y también en los demás países latinoamericanos) la modernidad, -una modernidad muy relativa, muy sui géneris- como pedazo de la gran torta moderna, no le ha llegado sino a un sector muy reducido de la población. De ello se desprenden por lo menos dos cosas. Una: para nosotros, la modernidad es un proyecto inconcluso. Doblemente inconcluso, porque jamás ha atendido a esa renovación originaria de la modernidad que se decía al comienzo, y, en segundo lugar, porque no ha abarcado nunca la totalidad de la vida social. 

En conclusión, para nosotros la modernidad es, generalmente, un género restrictivo. Y si se quiere cumplir la tarea de completarla, hay que extraerle su fatal mecanismo de progreso destructivo, incluirla en el programa ecológico planetario sin “arcos mineros” de ninguna clase, y hacer que abarque la totalidad de la vida social para toda la población. 

De lo anterior también se desprende otra reflexión: nuestra modernidad arquitectónica, años 50, se ha podido producir gracias a los insólitos pequeños resquicios que dejara abiertos una economía seriamente distorsionada como la nuestra. Una modernidad arquitectónica ingenua, optimista, generosa, pero también elitesca y imitativa, confinada en realizaciones parciales, puntuales. Todo sumado, superficiales y epidérmicas a pesar de obras tan excepcionales como las de Carlos Raúl Villanueva. Como a un delgado slice, casi transparente, seguiremos con el derecho de añorarla, por el gusto que nos ha dejado. Pero no olvidemos que casi todo está todavía por hacer. 

Porque no hay que olvidar nunca que para Venezuela y América Latina, todavía seguimos en la larga marcha hacia, la modernidad, pero ahora sí, nueva. 

martes, 18 de abril de 2017


1939-2017

  Ha fallecido Gorka Dorronsoro. 
Arquitecto de gran talento, culto, refinado y meticuloso en su trabajo, excelente dibujante y fotógrafo, tuvo una participación de gran importancia, al lado del maestro Villanueva, en la Ciudad Universitaria de Caracas, en la cual hay varias obras de su autoría. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Francis y Suiza



 (1) Buchner Bründler, Garden Tower, Suiza


Los arquitectos Buchner Bründler (1) diseñan un edificio en los Alpes suizos, que parece destinado a cubrirse de vegetación. Todos los pisos se recortan con corredores externos completamente libres. Las enredaderas y los arbustos los envuelven y la protección está dada por una malla metálica que cubre, estirándose, toda la fachada. 

El celebrado arquitecto Francis Kere, en África, Burkina Faso (2) construye obras de una inteligencia admirable, escuelas, dispensarios, etc. Con un mínimo de materiales y con un máximo de atención al clima. 

En las dos fotos vemos los resultados. Hermosos resultados, pero también dos lecciones: en Suiza son capaces de hacer lo que deberíamos haber aprendido a hacer, desde hace tiempo, aquí con la tremenda facilidad que nos da el trópico. En África, de diferente manera, ocurre lo mismo: del contexto surge la arquitectura. 

Y qué es lo que nos lo impide a nosotros? Respuesta: el etnocentrismo. Vemos con los ojos de una cultura de la cual derivamos y que admiramos. Pero que nos impide liberarnos. 

Así de simple. Patios, corredores y persianas, decían, dijeron, Villanueva, Fruto Vivas, Jimmy Alckok, Carlos Gómez, Legorburu, Rigamonti. Espacio, luz y vegetación tropical. 

Pero, ¿y los demás?

 (2) Dièbèdo Francis Kèrè, Clínica Quirúrgica y Centro de Salud, Burkina Faso



miércoles, 1 de marzo de 2017

lunes, 30 de enero de 2017

El absurdo más alto






Nunca, como hoy, en el planeta ha habido tantos rascacielos, torres, edificios altos, altos, altos, cada vez más altos. Apabullante desmentido a aquella suposición, luego del atentado a los torres del WTC, de que de ahí en adelante, se acabaría la tendencia a competir en altura. Hasta hubo quien pensó que con ese golpe tan dramático, se acabaría para siempre toda la tipología del rascacielos. 

lunes, 16 de enero de 2017

Y razones para el pesimismo


En este museo, MUSARQ, última estación del ferrocarril de los sueños, con muchas dificultades, (hay que reconocerlo: sin presupuesto y casi sin personal para cumplir con lo esencial, exhibir, conservar, documentar, debatir, difundir) tratamos de ceñirnos a la consigna de Gramsci, voluntad del optimismo y pesimismo de la inteligencia.

Así que, como decíamos, si acaso hay razones para ser optimistas, éstas se resumen en una suerte de apuesta, de anhelo, de esperanza de estar en lo cierto. Porque, de otro modo, es harto difícil seguir.

El optimismo es, al fin y al cabo, un acto de fe, una ilusión-intuición más, como otras tantas, útiles para la terapia del alma. Casi una religión. 

lunes, 9 de enero de 2017

Para el optimismo: tres razones


foto robada a Donatella y Raul Grioni


En los comienzos de año se acostumbra, por razones que deben estar bien arraigadas en el alma de las tradiciones humanas, hallar nuevas razones de optimismo. En realidad es más el deseo de imaginar un futuro con perspectivas distintas a las del pasado, son más ilusiones, bien justificadas, que hechos sobre los cuales colocar alguna certeza de mejoramiento.